Electra. ¡Pobrecitos niños! Todo el mundo sabe que les adoro: son mi pasión, mi debilidad... (Máximo, abstraído en una operación, no se entera de lo que ella dice.) Y hasta me parece... (Se acerca a la mesa llevando unos libros que estaban fuera de su sitio.)
Máximo (saliendo de su abstracción). ¿Qué?
Electra. Que su madre no les quería más que yo...
Máximo (satisfecho del resultado de un cálculo, lee en voz alta una cifra). Cero, trescientos diez y ocho... Hazme el favor de alcanzarme las Tablas de resistencias...[53] aquel libro rojo...
Electra (corriendo al estante de la derecha). ¿Es esto?
Electra. Ya, ya...¡qué tonta! (Cogiendo el libro, se le lleva.)
Máximo. Es maravilloso que en tan poco tiempo conozcas mis libros y el lugar que ocupan.
Electra. No dirás que no lo he puesto todo muy arregladito.
Máximo. ¡Gracias a Dios que veo en mi estudio la limpieza y el orden!