Electra. Dios, que ve los corazones, sabe que en esto no hay ningún mal. ¿Por qué no han de permitirme que esté aquí todo el día, cuidándote, ayudándote...?

Máximo (volviendo con el crisol que ha elegido). Porque eres una señorita, y las señoritas no pueden permanecer solas en la casa de un hombre, por muy decente y honrado que éste sea.

Electra. ¡Pues estamos divertidas, como hay Dios, las pobres señoritas! (Terminado el peso, presenta las dos porciones de metal en cápsulas de porcelana.) Ea, ya está.

Máximo (coge las cápsulas). ¡Y qué bien! ¡Qué primor, qué limpieza de manos...! ¡Qué pulso, chiquilla, y qué serenidad en la atención para no embarullar el trabajo! Estás atinadísima.

Electra. Y sobre todo, contenta. Cuando hay alegría todo se hace bien.

Máximo. Verdad, clarísima verdad. (Vierte los dos cuerpos en el crisol.)

Electra. ¿Eso es un crisol?

Máximo. Sí, para fundir estos dos metales.

Electra. Nos fundimos tú y yo... Nos pelearemos en medio del fuego, y... (Tararea la sonata.)

Máximo. Hazme el favor de llamar a Mariano.