Electra. El cobre serás tú... No, no, que es muy feo.
Máximo. Pero muy útil.
Electra. No, no: compárate con el oro, que es el que vale más.
Máximo. Vaya, vaya, no juguemos. Me contagias, Electra; me desmoralizas...
Electra. Déjame que me recree con las cualidades de este metal bonito, que es mi semejante. ¡Soy tenaz... no me rompo...! Pues bien puedes decírselo a Evarista y a Urbano, que en el sermón que me echaron hoy dijéronme como unas cuarenta veces que soy... frágil... ¡Frágil, chico!
Máximo. No saben lo que dicen.
Electra. Claro: ¡qué saben ellos...!
Máximo. Cuidado, Electra: con la conversación no te me equivoques en el peso.
Electra. ¡Equivocarme yo! ¡Qué tonto! Tengo yo mucho tino, más de lo que tú crees.
Máximo. Ya, ya lo voy viendo. (Dirígese a uno de los estantes en busca de un crisol.) Pues tu tía se enojará de veras, y nos costará mucho trabajo convencerla de tu inocencia.