—Para camisas tuyas, sí; pero te las hago chiquititas.
—¡Chiquititas! —Sí, y también te estoy haciendo unos baberos muy monos.
—¡A mí, baberos a mí!
—Sí, tonto; por si se te cae la baba.
—¡Jacinta! —Anda... y se ríe el muy simple. ¡Verás qué camisas! Sólo que las mangas son así... no te cabe más que un dedo en ellas.
—¿De veras que tú?... A ver ponte seria... Si te ríes no creo nada.
—¿Ves que seria me pongo?... Es que me haces reír tú... Vaya, te hablaré con formalidad. Estoy haciendo un ajuar.
—Vamos, no quiero oírte... ¡Qué guasoncita!
—Que es verdad. —Pero. —¿Te lo digo? Di si te lo digo.
Pasó un ratito en que se estuvieron mirando. La sonrisa de ambos parecía una sola, saltando de boca a boca.