—¡Qué pesadez!... di pronto...
—Pues allá va... Voy a tener un niño.
—¡Jacinta! ¿Qué me cuentas?... Estas cosas no son para bromas—dijo Santa Cruz con tal alborozo, que su mujer tuvo que meterle en cintura.
—Eh, formalidad. Si te destapas me callo.
—Tú bromeas... Pues si fuera eso verdad, no lo habrías cantado poco... ¡con las ganitas que tú tienes! Ya se lo habrías dicho hasta a los sordos. Pero di, ¿y mamá lo sabe?
—No, no lo sabe nadie todavía.
—Pero mujer... Déjame, voy a tirar de la campanilla.
—Tonto... loco... estate quieto o te pego.
—Que se levanten todos en la casa para que sepan... Pero, ¿es farsa tuya? Sí, te lo conozco en los ojos.
—Si no te estás quieto, no te digo más...