—Si me engañas te cojo y... así, así...
—¡Ay! —Te deshago como un bizcocho. —¡Qué gusto! —Y ahora, a mimir...
Este y otros términos que se dicen a los niños les hacían reír cada vez que los pronunciaban; pero la confianza y la soledad daban encanto a ciertas expresiones que habrían sido ridículas en pleno día y delante de gente. Pasado un ratito, Juan abrió los ojos, diciendo en tono de hombre:
«¿Pero de veras que vas a tener un chico?...».
—Chí... y a mimir... ro... ro...
Entre dientes le cantaba una canción de adormidera, dándole palmadas en la espalda.
«¡Qué gusto ser bebé!—murmuró el Delfín—, ¡sentirse en los brazos de la mamá, recibir el calor de su aliento y...!».
Pasó otro rato, y Juan, despabilándose y fingiendo el lloriqueo de un tierno infante en edad de lactancia, chilló así:
—Mama... mama... —¿Qué? —Teta. Jacinta sofocó una carcajada.
—Ahola no... teta caca... cosa fea...