Ambos se divertían con tales simplezas. Era un medio de entretener el tiempo y de expresar su cariño.
—Toma teta—díjole Jacinta metiéndole un dedo en la boca; y él se lo chupaba diciendo que estaba muy rica, con otras muchas tontadas, justificadas sólo por la ocasión, la noche y la dulce intimidad.
—¡Si alguien nos oyera, cómo se reiría de nosotros!
—Pero como no nos oye nadie... Las cuatro: ¡qué tarde!
—Di qué temprano. Ya pronto se levantará Plácido para ir a despertar al sacristán de San Ginés. ¡Qué frío tendrá!...
—¡Cuánto mejor nosotros aquí, tan abrigaditos!
—Me parece que de esta me duermo, vida.
—Y yo también, corazón.
Se durmieron como dos ángeles, mejilla con mejilla.