Estaba la Superiora hablando con Sor Antonia en la puerta de una celda, cuando llegó muy apurada una reclusa, diciendo: «Le he mandado que venga y no quiere venir. Me ha querido pegar. ¡Si no echo a correr...! Después cogió un montón de aquella basura y me lo tiró. Mire usted...».

La recogida enseñó a las madres su hombro manchado de mantillo.

«Tendré que ir yo... ¡Ay, qué mujer!... ¡qué guerra nos da!—dijo la Superiora...—. ¿Dónde está Sor Marcela? Que traiga la llave de la perrera. Hoy tendremos chínchirri-máncharras... Está más tocada que nunca. Dios nos dé paciencia.

—¡Y Sor Facunda que me ha dicho ahora mismo—indicó Sor Antonia con franca risa y bizcando más los ojos—, que Mauricia había visto a la Virgen!

La Superiora respondió a aquella risa con otra menos franca. Tres o cuatro Filomenas de las más hombrunas bajaron a la huerta con orden expresa de traer a la visionaria.

—¡Pobre mujer y qué perdida se pone!—observó Sor Natividad dentro del corrillo de monjas que se iba formando—. Males de nervios, y nada más que males de nervios.

Y al decirlo, sus miradas chocaron con las de Sor Facunda, que se acercaba con semblante extraordinariamente afligido.

«¿Pero no ha consultado usted este caso con el señor capellán?» le dijo.

—Sí—replicó Sor Natividad con un poco de humorismo—, y el capellán me ha dicho que la meta en la perrera.

—¡Encerrarla porque llora!...—exclamó la otra que en su timidez no se atrevía a contradecir a la Superiora—. El caso merecía examinarse.