—Para preverlo todo—indicó la vizcaína—, avisaremos también al médico.

—¿Y qué tiene que ver el médico...? En fin, yo no sé. Quien manda, manda. Pero me parecía... Ello podrá ser cosa física; pero ¿si no lo fuera? Si efectivamente Mauricia... No es que yo lo afirme; pero tampoco me atrevo a negarlo. Aquel llorar continuo, ¿qué puede ser sino arrepentimiento? A saber los medios que el Señor escoge...

Y se retiró a su celda. Casi casi se dieron un encontronazo Sor Facunda alejándose y Sor Marcela que al corrillo se acercaba, dando balances y golpeando el suelo duramente con su pie de madera. Su semblante descompuesto por la ira estaba más feo que nunca; con la prisa que traía apenas podía respirar, y las primeras frases le salieron de la boca desmenuzadas por el enojo: «Ya, ya sabemos... ¡San Antonio!... bribona... parece mentira... ¡Ay, Dios mío!, si es para volverse loca...».

Habló algunas palabras en voz muy baja con la Superiora, quien al oírlas puso una cara que daba miedo.

«Yo... bien lo sabe usted...—balbució Sor Marcela—, lo tenía para mi mal del estómago... coñac superior».

—Pero esa maldita ¿cómo...? Si esto parece... ¡Jesús me valga! Estoy horrorizada. ¿Pero cuándo...?

—Es muy sencillo... hágase usted cargo. Anteayer, ¡San Antonio bendito!, cuando estuvo en mi celda moviendo los trastos para coger el ratón.

A la Superiora se le escapó, sin poderlo remediar, una ligera sonrisilla; mas al punto volvió a poner cara de palo. Y la enana corrió hacia donde estaban las recogidas, y lo mismo que dijera a Sor Natividad se lo repitió a Fortunata, sin poner un freno a su ira: «¿Habrase visto diablura semejante?... ¿Qué te parece? ¡Estamos todas horripiladas!».

Fortunata no dijo nada y se puso muy seria. Quizás no la cogía de nuevo la declaración de la monja. Obedeciendo a esta subió al dormitorio en busca de pruebas del nefando crimen imputado a su amiga.

«Ahí tienen ustedes—decía la Superiora a las que más cerca de ella estaban—, cómo esa arrastrada ha visto visiones... ¡Ya!, ¡qué no vería ella!... ¿Pero no viene al fin? Yo le juro que no vuelve a hacernos otra. Es preciso ajustarle bien las cuentas...».