Y llevándose la mano a la parte dolorida, clamó: «Infame, a mí, a mí me has tirado!».
«A usted, sí, y a todo el género mundano—gritó con voz tan ronca, que apenas se entendía—, so tía pastelera... Váyase pronto de aquí».
Las monjas horrorizadas elevaban sus manos al Cielo; algunas lloraban. En esto, D. León Pintado había abierto con no poco trabajo la reja de la sacristía; saltó al patio, única manera de comunicarse con el convento desde la sacristía, y abalanzándose a Mauricia le sujetó ambos brazos.
«¡Suéltame, León, capellán de peinetas!» rugió la visionaria...
Pero Pintado tenía manos de hierro, aunque era de pocos ánimos, y una vez lanzado al heroísmo, no sólo sujetó a Mauricia, sino que le aplicó dos sonoras bofetadas. La escena era repugnante. Tras el capellán salió también su acólito, y mientras los dos arreglaban a la Dura, las monjas, viendo sojuzgado al enemigo, arriesgáronse a bajar y acudieron a Guillermina, que con el pañuelo se restañaba la sangre de su leve herida. Con cierta tranquilidad, y más risueña que enojada, la fundadora dijo a sus amigas: «¡Cuidado que pasan unas cosas...! Yo venía a que me dierais los ladrillos y el cascote que os sobran, y mirad qué pronto me he salido con la mía... Nada, ponedla ahora mismo en la calle, y que se vaya a los quintos infiernos, que es donde debe estar».
«Ahora mismo. D. León, no la maltrate usted» dijo la Superiora.
—¡Zángano!... ¡mala puñalada te mate!...—bramaba Mauricia, que ya tenía pocas fuerzas y había caído al suelo—. ¡Un sacerdote pegando a una... señora!
—Que le traigan su ropa—gritó Sor Natividad—. Pronto, pronto. Me parece mentira que la veré salir...
Mauricia ya no se defendía. Había perdido su salvaje fuerza; pero su semblante expresaba aún ferocidad y desorden mental.
Luego se vio que desde el corredor alto tiraban un par de botas, luego un mantón...