—Bajarlo, hijas, bajarlo—dijo desde el patio la Superiora, mirando hacia arriba y ya recobrada la serenidad con que daba siempre sus órdenes. Fortunata bajó un lío de ropa, y recogiendo las botas, se lo dio todo a Mauricia, es decir, se lo puso delante. La espantosa escena descrita había impresionado desagradablemente a la joven, que sintió profunda compasión de su amiga. Si las monjas se lo hubieran permitido, quizás ella habría aplacado a la bestia.

«Toma tu ropa, tus botas—le dijo en voz baja y en tono apacible—. Pero, hija, ¡cómo te has puesto!... ¿No conoces ya que has estado trastornada?».

—Quítate de ahí, pendoncillo... quítate o te...

—Dejarla, dejarla—dijo la Superiora—. No decirle una palabra más. A la calle, y hemos concluido.

Con gran dificultad se levantó Mauricia del suelo y recogió su ropa. Al ponerse en pie pareció recobrar parte de su furor.

«Que se te queda este lío».

—Las botas, las botas. La tarasca lo recogió todo. Ya salía sin decir nada, cuando Guillermina la miró severamente.

«¡Pero qué mujer esta! Ni siquiera sabe salir con decencia».

Iba descalza, cogidas las botas por los tirantes.

—Póngase usted las botas—le gritó la Superiora.