—El cuarto de al lado... a mano izquierda cuando entramos... el mío a esta mano; de modo que... No me vuelvas loca...

—Lo ha tomado por cuenta de él una que llaman Cirila... Tú no la conoces; yo sí: ha sido también corredora de alhajas y tuvo casa de huéspedes. Está casada con uno que fue de la ronda secreta, y ahora tu señor me le ha colocado en el tren.

Fortunata sintió que se congestionaba. Su cabeza ardía.

«Vaya, todo eso es cuento... ¿Piensas que me voy a creer esas bolas?... ¡Como no se acuerde él de mí...!, ni falta.

—Tú lo has de ver. ¡Ay qué chico! Da pena verle... loquito por ti... y arrepentido de la partida serrana que te jugó. Si la pudiera reparar, la repararía. Créetelo porque yo te lo digo.

En esto entró Papitos con pretexto de preguntar una cosa a la señorita, pero realmente con el único objeto de curiosear. Lo mismo fue verla Mauricia que echarle los tiempos del modo más despótico.

«Mira, chiquilla, si no te largas, verás».

La amenazó con un movimiento del brazo, precursor de una gran bofetada; pero la mona se le rebeló, chillando así: «No me da la gana... ¿Y a usted qué?... ¡Mía esta!...». Fortunata le dijo: «Papitos, vete a la cocina», y obedeció la rapaza, aunque de muy mala gana.

«Pues yo...—prosiguió Fortunata—, si es verdad, le diré a mi marido que tome otra casa».

—Tendrías que cantarle el motivo.