—Se lo cantaré... vaya.—Bonita escandalera armarías... Nada, hija, que la trampa te la ponen donde quiera que vayas, y ¡pum!... ídem de lienzo.

—Pues ea... no me casaré—dijo la novia en el colmo ya de la confusión.

—¡Quia! Por tonta que te quieras volver, no harás tal... ¿Crees que esas brevas caen todos los días? Que se te quite de la cabeza... Casadita, puedes hacer lo que quieras, guardando el aparato de la comenencia. La mujer soltera es una esclava; no puede ni menearse. La que tiene un peine de marido, tiene bula para todo.

Fortunata callaba, mirando vagamente al suelo, con la barba apoyada en la mano.

«¿Qué miras?—dijo la Dura inclinándose—. ¡Ah!, otro botón... y este es negro, con tres ujeros... Mala señal, chica. Esto quiere decir que si no te casas, mereces que te azoten».

Recogiendo el botón, lo miraba de cerca. Anochecía, y la sala se iba quedando a oscuras. Poco después Fortunata veía sólo el bulto de su amiga y los zapatos amarillos. Empezaba a cogerle miedo; pero no deseaba que se marchase, sino que hablara más y más del mismo temeroso asunto.

«Te digo que no me caso» repitió la joven, sintiendo que se renovaba en su alma el horror al matrimonio con el chico de Rubín. Y las ideas tan trabajosamente construidas en las Micaelas, se desquiciaron de repente. Aquel altarito levantado a fuerza de meditaciones y de gimnasias de la razón, se resquebrajaba como si le temblara el suelo.

«El cuarto de la izquierda... de modo que... Eso es estar vendida... Una puerta aquí, otra allí...».

—Lo que te digo, una patita en la trampa; sólo te falta meter la otra.

Y rompió a reír de nuevo con aquella franqueza insolente que a Fortunata le agradaba, cosa extraña, despertando en su alma instintos de dulce perversidad.