«Nada, yo no me caso, que no me caso, ¡ea!—declaró la novia levantándose y dando pasos de aquí para allí, cual si moviéndose quisiera infundirse la energía que le faltaba».

—Como lo vuelvas a decir...—añadió Mauricia haciendo un gesto de burlesca amenaza—. ¿Piensas que una ganga como esta se encuentra detrás de cada esquina? Nada, chica, a casarse tocan. En ese espejo quisieran verse otras. Y para acabar, chica, cásate, y haz por no caer en la trampa. Vaya, ponte a ser honrada, que de menos nos hizo Dios... Oye lo que te digo, que es el Evangelio, chica, el puro Evangelio:

Fortunata se detuvo ante su amiga, y esta la obligó a sentarse otra vez a su lado.

«Nada, te casas... porque casarte es tu salvación. Si no, vas a andar de mano en mano hasta la consunción de los siglos. Tú no seas boba; si quieres ser honrada, serlo, hija. Descuida, que no te pondrán un puñal al pecho para que peques».

—Pues sí—dijo Fortunata animándose—, ¿qué me importa a mí la trampa? Como yo no quiera caer...

—Claro... El otro ahí junto... pues que le parta un rayo. ¿A ti qué? Tú di «soy honrada», y de ahí no te saca nadie. A los pocos días le dices a tu esposo de tu alma que la casa no te gusta, y tomáis otra.

—Di que sí... tomamos otra, y se acabó la trampa—observó la novia tomando en serio los consejos de su amiga.

—Verdad que él no se acobardará, y a donde vayas, él detrás. Créeme que está loco, Y te digo más. La criada que tienes, esa Patricia que le recomendó a doña Lupe el señor de Torquemada, está vendida.

—¡Vendida!... ¡Ah!...—exclamó Fortunata con nuevo terror—. Mira tú por qué esa mujer no me gustó cuando la vi esta mañana. Es muy adulona, muy relamida, y tiene todo el aire de un serpentón... Pues nada, le diré a mi marido que no me gusta, y mañana mismo la despido.

—Eso... y viva el caraiter. Tú mira bien lo que te digo: siempre y cuando quieras ser honrada, serlo; pero dejarte de casar, ¡dejar de casarte!, que no se te pase por la cabeza, hija de mi alma.