Fortunata parecía recobrar la calma con esta exhortación de su amiga, expresada de una manera cariñosa y fraternal.
«Otra cosa se me ocurre—indicó luego con la alegría del náufrago que ve flotar una tabla cerca de sí—. Le diré a mi marido que estoy mala y que me lleve a vivir al pueblo ese donde ha cogido la herencia».
—¡Pueblo!... ¿Y qué vas a hacer tú en un pueblo?—dijo Mauricia con expresión de desconsuelo, como una madre que se ocupa del porvenir de su hija—. Mira tú, y créelo porque yo te lo digo: más difícil es ser honrada en un pueblo chico que en estas ciudades grandes donde hay mucho personal, porque en los pueblos se aburre una; y como no hay más que dos o tres sujetos finos y siempre les estás viendo, ¡qué peine!, acabas por encapricharte con alguno de ellos. Yo conozco bien lo que son los pueblos de corto personal. Resulta que el alcalde, y si no el alcalde el médico y si no el juez, si lo hay, te hacen tilín, y no quiero decirte nada. En último caso, tanto te aburres, que te da un toque y caes con el señor cura...
—Quita, quita, ¡qué asco!
—Pues chica, no pienses en salir de Madrid—agregó la tarasca cogiéndola por un brazo, atrayéndola a sí y sentándola sobre sus rodillas—. Hija de mi vida, ¿a quién quiero yo? A ti nada más. Lo que yo te diga es por tu bien.
Déjate llevar; cásate, y si hay trampa, que la haya. Lo que debe pasar, pasa... Deja correr y haz caso de mí, que te he tomado cariño y soy mismamente como tu madre.
Fortunata iba a responder algo; pero la campanilla anunció que se aproximaba doña Lupe.
Cuando esta penetró en la sala, ya sabía por Papitos quién estaba allí.
—¿En dónde está esa loca?—entró diciendo—. ¡Pero qué oscuridad! No veo gota. Mauricia...
—Aquí estoy, mi señora doña Lupe. Ya nos podían traer una luz.