«Cuando digo que hay novedades...».

Después que le sirvieron el café, agachó la cabeza, y en el círculo que formaban las cuatro o cinco cabezas de sus amigos que se alargaron para oírle, hizo la confidencia:

«Se lo digo a ustedes en gran reserva».

—¿Pero qué es?—¡Misterios!... Sagasta está disgustado. Me lo ha dicho su secretario particular.

—¡Ah!, yo también lo oí—indicó Relimpio—. Es cierto... como que tiene dolor de muelas.

—El motivo—añadió la Caña radiante—, no lo sé. Cada uno piense como quiera. Yo lo único que me permito decir es que esto está muy malo... pero muy malo, y que hay mar de fondo.

—¿Pero no sabe usted más?—le preguntó Feijoo de una manera apremiante—. Yo creí que nos iba usted a dar noticia de la conferencia del Duque con Elduayen... Y ahora sale con que Sagasta está malhumorado... Dios nos asista... Pero lo de la conferencia, ¿es cierto o no?

Don Basilio solía llevar en la boca un palillo de dientes, y tomándolo entre los dedos lo mostraba, accionando con él, como si formara parte del argumento.

«Lo que yo sé—afirmó con acento patético, ofreciendo el palillo a la admiración de sus amigos—, lo que yo sé es que esto está muy malo. Digo con Lorenzana: Meditemos».

El círculo de cabezas volvió a formarse, y en él echó D. Basilio su aliento, como los saludadores, antes de echar sus palabras. Era el tal aliento poco grato a la nariz de Feijoo, por lo cual este se retiró discretamente.