Don Basilio estuvo vacilando entre su conciencia, que le exigía callar, y el deseo de satisfacer la curiosidad de sus amigos. Por fin se violentó un poco para decir:
«Esta tarde Romero Ortiz salió del ministerio a las cuatro, y al pasar en coche por la calle del Amor de Dios, vio a un amigo, paró el coche, el amigo entró, y fueron...».
—¿Pero quién era el amigo?
—Todo no se ha de decir... Pues bien; allá va: era el pollo Romero. Fueron... esta sí que es gorda... a casa de D. Antonio Cánovas... Madera Baja, 1.
Dicho esto, la Caña se quedó muy serio, saboreando el efecto que debían causar sus palabras. Volvió a poner el palillo entre los dientes y miraba a sus amigos con cierta lástima.
«¿Y qué?—dijo Rubín con desabrimiento—. No veo la tostada».
—Pues, amigo mío—replicó D. Basilio en el tono de un hombre superior que no quiere incomodarse—, si usted no quiere ver la tostada, ¿yo qué le voy a hacer?
—¿Y qué más da que vayan o no a casa de Cánovas?
—Nada, nada... la cosa no tiene malicia. Flojilla cosa es... ¿De qué pan hago las migas, compadre? Del tuyo que con el viento no se oye.
Después se permitió echarse a reír, cosa en él extrañísima y desusada.