«Este D. Basilio...».—Amigo—manifestó Feijoo con su franqueza habitual—. Confiese usted que la noticia que nos ha traído podría ser una sandez.
—Bueno, mi Sr. D. Evaristo, usted crea lo que quiera. Yo me lavo las manos.
Esto de lavarse las manos lo repetía mucho la Caña; pero los hechos no correspondían a las palabras como lo demostraba la simple observación. «Ustedes podrán creer lo que les acomode—repetía el escritor de Hacienda, intentando elevar su dignidad de noticiero sobre la chacota de sus amigos—, pero lo que yo sostengo es que antes de un mes está el Príncipe Alfonso en el trono».
Risa general. D. Basilio se ponía colorado y después palidecía. Sus labios temblaban al aplicarse al borde del vaso.
—¿A que no?—dijo con rabia Juan Pablo—. Eso, nunca. Antes que eso, que vuelvan los cantonales. ¡Ni que fuéramos bobos en España! Señores, ¿a ustedes les cabe en la cabeza que venga aquí el Príncipe Alfonso? Y detrás doña Isabel. ¡Bonito porvenir!... Otra vez el moderantismo. Pero yo pregunto—añadió con exaltación, dejando caer la capa y echando atrás el sombrero—, yo pregunto: ¿qué gente tiene a su lado el Príncipe? A ver; responderme.
Don Basilio, no se atrevía a responder. Contentábase con tomar aires de hombre profundo, que no se resuelve a soltar el enjambre de ideas que le zumban en el cerebro.
—Responderme.—Nadie... cuatro gatos—dijo Montes.
—Los que no supieron defender a su madre cuando la echamos, señores... Y ahora... Si quiere D. Basilio, pasaremos revista a todos los personajes del alfonsismo. Vamos, vengan ratas.
Don Basilio, por su gusto, se habría metido debajo de la mesa. No hacía más que morder el palillo y gruñir como un mastín que no se decide a ladrar ni quiere tampoco callarse.
«El alfonsismo es un crimen» afirmó con la mayor suficiencia Leopoldo Montes, que no se paraba en barras para expresar una opinión.