—Pero un crimen de lesa nación—agregó Rubín—. Es lo que yo le decía anoche a Relimpio, que también se va cayendo de ese lado. ¡En estos momentos, cuando no se sabe lo que saldrá de la guerra...! Pues qué, si D. Carlos no fuera un necio, ¿no estaría ya en Madrid?
—Pero, y eso ¿qué prueba?—arguyó al fin D. Basilio, viendo una salida favorable de la confusión en que su contrincante le metía—; ¿qué tiene que ver...? Lógica, señores, lógica.
—Nada, hombre, que no viene acá el niño ese... que no viene... Yo pongo mi cabeza.
—Pero...—No hay pero... Que no viene, y no le dé usted vueltas, Sr. de la Caña.
—Deme usted razones.—Que no viene... Usted se convencerá, usted lo verá... Al tiempo...
—Pues al tiempo.
—Que no, hombre, que no. Si hasta que venga el Príncipe no le llevan a usted a su ramo, menudo pelo va usted a echar...
—Si no se trata aquí de que yo eche pelo ni de que no eche pelo—manifestó D. Basilio incomodándose un poco y mostrando el palillo deshilachado.
Pero Rubín se puso a hablar con Feijoo, que le preguntaba por aquel inexplicable casamiento de su hermano con una mujer maleada. Don Basilio pegó la hebra con los curas de tropa y con Nicolás Rubín. En aquel círculo le hacían más caso que en el suyo, y se despachaba más a su gusto. Divididas las opiniones, el capellán del cuarto montado votaba por el Príncipe; pero el cura Rubín y otros dos que allí había bufaban sólo de oír hablar del alfonsismo. D. Basilio, inclinándose de aquel lado, apoyado en el codo, les revelaba secretos con muchísima reserva. Ya no faltaba más que dar algunos perfiles a la cosa. Todo dispuesto, y el primerito que estaba en el ajo era Serrano.
«Lo que ustedes oyen... Al tiempo... Ustedes lo han de ver... y pronto, muy pronto».