—¡Ay, Dios mío!—murmuró el buen D. Evaristo con hondísimo disgusto—. Esa cabeza no está buena, ni medio buena...

Por fin llegaron, y los dos subieron. La criada les abrió. «Ahora—dijo el simpático coronel retirado—, a acostarse. ¿Quiere usted que le traiga un médico?».

Sin contestar, metiose ella en su alcoba. Feijoo la siguió, afligidísimo de verla en tan lastimoso estado. Después, él y la criada, cuchichearon.

—Rompimiento... Le ha dado otra vez el canuto ese bergante—decía D. Evaristo—. Si no es más que eso, la trinquetada pasará.

Despidiose hasta el día siguiente, y la dolorida se acostó diciendo a la criada mientras la ayudaba a desnudarse: «Honrada soy, y lo he sido siempre. ¿Qué?... ¿lo dudas tú?».

—Yo... no señorita; ¿qué he de dudarlo?—replicó la criada, volviendo la cara para disimular una sonrisa.

Durmiose pronto la infeliz señora de Rubín; pero a la media hora ya estaba despierta y muy excitada. Dorotea, que se quedó junto a ella, la oyó cantando, a media voz y con las manos cruzadas, las coplas místicas de las Micaelas.


-IV-

Un curso de filosofía práctica