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Dos o tres veces fue D. Evaristo al siguiente día a enterarse de la salud de Fortunata; pero no la pudo ver. Dorotea le dijo que la señorita no quería ver a nadie, y que de tanto pensar que era honrada, le dolía horriblemente la cabeza. Al otro día la señorita estaba un poco mejor, se había levantado y apetecido un sopicaldo. «Pero sigue con la misma idea—añadió no sin malicia la chica, que era graciosa y avisada—. Se lo prevengo, señor, para que le lleve el genio y le diga que sí».

—Descuida, hija—replicó el caballero—, que por mí no ha de quedar. ¿Puedo verla? ¿No la molestaré mucho? ¿Sabe que estoy aquí?

—Ya lo sabe. Espérese un ratito y pasará.

Quedose solo en el comedor mi hombre, y después de quince minutos de espera, Dorotea le mandó pasar. Estaba Fortunata en su gabinete, tendida en el sofá, la cabeza reclinada sobre un almohadón de raso azul. Tenía puesta la bata de seda y un pañuelo blanco finísimo a la cabeza, tan ajustado, que no se le veía más que el óvalo del rostro. Estaba ojerosa, pálida y muy abatida. Como D. Evaristo se preciaba de saber algo de medicina, tomole el pulso.

«Si está usted como un reloj, hija. Si no tiene fiebre ni ese es el camino... ¡Bah!, coqueterías... un poco de rabietina y nada más. Y que está usted guapísima con ese pañolito, ya, ya. No se le ven ni el pelo ni las orejas. Parece una hermana de la Caridad... ¡Vaya con los males de esta señora!».

—Ayer estuve muy malita—dijo ella con voz apagada—. La cabeza se me partía, y como no me podía quitar de entre mí aquella idea, y dale con lo mismo... ¡Lo que una piensa!... Tengo que declarar que soy...

—Honrada, sí, hoy más que ayer y mañana más que hoy. Por sabido se calla.

—No, hombre, no digo eso.—¿Cómo que no?—Lo que soy es muy mala, la mujer más mala que ha nacido. ¿Pero usted sabe bien lo que yo he hecho? Lo que me pasa me lo tengo bien ganado, sí, bien ganado me lo tengo, ¡porque cuidado que he hecho yo perrerías en este mundo...!