—¡Quite usted allá!... No habrá sido tanto.
—Vamos ahora a otra cosa—dijo la joven, sacando de debajo del manto una mano, en la que tenía una carta—. Ayer me mandó esto.
—¿Quién? ¡Ah! Santa Cruz.
—No la he leído hasta esta mañana. Aquí se despide otra vez, dándome consejos y echándoselas de santo varón. Me manda dentro de la carta cuatro mil reales.
—Vamos... No se ha corrido que digamos.
—Quiero escribirle hoy mismo—indicó ella animándose un poco—. Escribirle, no... nada más que meter los dos billetes de dos mil reales dentro de un sobre y devolvérselos.
—Hija mía, párese usted y piense bien lo que hace—dijo el amigo, acercándose cariñosamente a ella—. Eso de devolver dinero es un romanticismo impropio de estos tiempos. Sólo se devuelve el dinero que se ha robado, y usted tenía derecho a que él le diera, no sólo eso, sino muchísimo más. Con que déjese usted de rasgos si no quiere que la silbe, porque esas simplezas no se ven ya más que en las comedias malas. Nada, yo me he propuesto sacarla a usted del terreno de la tontería y ponerla sólidamente sobre el terreno práctico.
—Lo que es el dinero no lo tomo—declaró la enferma del corazón, alargando los labios como los niños mimosos.
—¡Ay, qué gracia!... Eso es, y coma usted mimitos—dijo el coronel, haciendo también con sus labios la trompeta más larga que le fue posible—. ¡Devolverle los santos cuartos! Sí, para que se ría más. Eso es lo que él quiere... ¿Tiene usted ahorros?
—Tendré unos treinta duros.