—¿Que qué tengo? ¡Ah!, una cosa muy mala. La peor de las enfermedades. ¡Sesenta años!, ¿le parece a usted poco?

Todos se echaron a reír. «Me ha dicho mi hermano—añadió Maxi—, que digiere usted mal».

—Cinco meses lleva mi estómago de indisciplina—replicó el ladino viejo, que quería sin duda meterle a Maxi en la cabeza aquello de los cinco meses—. Ya no le hago caso. Me he rendido, y espero tranquilo el cese.

—Si quiere usted, le haré un preparado de peptona.

—Gracias... Veremos lo que dice mi médico.

—Poco mal y bien quejado—afirmó el otro Rubín, dándole palmadas en el hombro.

—Pero ustedes estaban hablando de algo que debía de ser interesante—dijo Feijoo—. Por mí no se interrumpan.

—Estábamos... pásmese usted... en las regiones etéreas.

—Nada, es que me quiere convencer—manifestó Maximiliano con calor—, de que todo es fuerza y materia. Yo le digo una cosa, «pues a eso que tú llamas fuerza, lo llamo yo espíritu, el Verbo, el querer universal; y volvemos a la misma historia, al Dios uno y creador y al alma que de él emana».

Don Evaristo, en tanto, miraba a Refugio, examinándole el rostro, la boca, el diente menos. La muchacha sentía vergüenza de verse tan observada, y no sabía cómo ponerse, ni qué dengues hacer con los labios al llevarse a ellos la cucharilla con leche merengada.