—¡Buen par de chiflados estáis los dos!—dijo para sí D. Evaristo mirando con curiosidad el portillo que en la dentadura tenía Refugio.
—¡Dale, bola!...—replicó Maxi—. Si no es eso... Yo, ¿soy yo?... ¿me reconozco como tal yo en todos mis actos?
—No, yo no soy más que un accidente del concierto total; yo no me pertenezco, soy un fenómeno.
—¡Que yo soy un fenómeno!... ¡Ave-María Purísima, qué disparate!
—Estás tú fresco... Lo permanente no soy yo, ¡qué cuña!, es el conjunto... Yo lo reconozco así en el fenómeno pasajero de mi conocimiento.
¡Y estas cosas se decían en el rincón de un café, al lado de un parroquiano que leía La Correspondencia y de otro que hablaba del precio de la carne! En una de las mesas próximas había un grupo de individuos que tenían facha de matuteros o cosa tal. A la derecha veíanse dos cursis acompañadas de una buscona y obsequiadas por un señor que les decía mil tonterías empalagosas; enfrente una trinca en que se disputaba acerca de Lagartijo y Frascuelo, con voces destempladas y manotazos. Y por la escalera de caracol subían y bajaban constantemente parroquianos, dando patadas que más parecían coces; y por aquella espiral venían rumores de disputa, el chasquido de las bolas de billar, y el canto del mozo que apuntaba.
«Si se me permite dar una opinión—dijo Feijoo, que empezaba a marearse con tanto barullo—, voto con el pollo».
En esto sonó el piano, que se alzaba sobre una tarima en medio del café, con la tapa triangular levantada para que hiciera más ruido; y empezó la tocata, que era de piano y violín. La música, los aplausos, las voces y el murmullo constante del café formaban un run run tan insoportable, que el buen D. Evaristo creyó que se le iba la cabeza, y que caería redondo al suelo si permanecía allí un cuarto de hora más. Decidió retirarse, descontento de no haber encontrado solo a Juan Pablo, pues delante del farmacéutico no podía hablar del espinoso asunto que entre manos traía. Su enojo se trocó en alegría cuando Maxi, al verle en pie, dijo que él también se iba porque era hora de volver a su farmacia. Salieron, pues, juntos, y antes de llegar a la puerta, vio el anciano que le cortaba el paso una figura macilenta y sepulcral. Era Ramsés II, que venía en busca suya. «Señor D. Evaristo, por Dios, hable usted de mí al señor de Villalonga» le dijo la momia, interponiéndose como si no quisiera darle paso sino a cambio de una promesa.
—Se hará, compañero, se hará; hablaremos a Villalonga—dijo D. Evaristo embozándose—; pero ahora estoy de prisa... no puedo detenerme... Hijo, vamos.
Y abriéndose paso, salió con el chico de Rubín.