—¡Dios tenga compasión de mí! Y el diablo cargue con estas santas cursis, con estas fundadoras de establecimientos que no sirven para nada.
—Escribe, tontito. Si todo eso que hablas es bulla. ¡Si eres lo más bueno... y lo más cristiano...!
—¡Cristiano yo!—exclamó el caballero enmascarando su benevolencia con una fiereza histriónica—. ¡Cristiano yo! ¡Mal pecado! Para que no te vuelvas a acercar más a mí, me voy a hacer protestante, judío, mormón... Quiero que huyas de mí como de la peste.
—Vamos, no tontees. Te advierto que de ninguna manera te has de librar de mí, pues aunque te vuelvas el mismo Demonio, te he de pedir dinero y te lo he de sacar. Vamos; ponme eso.
—No me da la gana. Y diciéndolo empezaba a redactar la orden.
—Así, así...—decía Guillermina dictando—. «Sr. D... haga usted el favor de dar los palos...».
—Por ahí... los palos... Leña, que te den leña es lo que a ti te viene bien.
Durante el silencio de la escritura, oyose en el pasillo próximo rumor de faldas, voces de mujeres y estallido de besos. Moreno levantó la pluma diciendo: «¿Quién es?».
—No te interrumpas... ¿Qué te importa a ti? Debe de ser Jacinta. Sigue.
—Pues que pase aquí. ¿Por qué no pasa?