—Está hablando con tu hermana. ¡Jacinta, Jacintilla!, entra: el monstruo quiere verte.

Abriose la puerta y aparecieron Jacinta y Patrocinio, la hermana de Moreno. Esta se reía de ver a su hermano enzarzado con la santa, y riéndose se retiró.

—Venga usted... Jacinta por Dios—dijo Moreno echando la firma al documento—, y sáqueme de este Calvario. Crea usted que su amiguita me está crucificando.

«Calle usted, cicatero—le contestó la joven avanzando hacia la mesa—. Usted es el que la crucifica a ella, porque pudiendo darle todo lo que le pide, que bien de sobra lo tiene, no se lo da: y hace muy mal en atormentarla si piensa dárselo al fin».

—Vamos, usted se me ha pasado al enemigo. Ya no hay salvación—afirmó él quitándose los lentes y frotándose los ojos, cansados de tanto escribir—. Estamos perdidos.

—¿Eh?, ¿qué tal? ¿Tengo buenos abogados?—dijo Guillermina recogiendo su papel.

—¡Cicatero!—repitió Jacinta—. ¡Negarle tres o cuatro mil tristes duros para acabar el piso...!, ¡un hombre que no tiene hijos, que está nadando en dinero! ¡Usted que antes era tan bueno, tan caritativo...!

—Es que me he vuelto protestante, hereje, y me voy a volver judío, a ver si esta calamidad me deja en paz.

—No, no le dejaremos, ¿verdad?—insistió la santa—. Mira, Manolo: Jacinta y yo pedimos ahora juntas. Aunque te vuelvas turco, ya te cayó que hacer.

—No, Jacinta no se mete en esos enredos—dijo Moreno mirándola fijamente en los ojos.