—Vaya que sí me meto. El asilo es mío; lo he comprado.

—¿Sí?, pues si ha dado usted dos pesetas por él ha hecho un mal negocio. Todavía está a la mitad y ya se está cayendo.

—Primero te caerás tú.

—Es mío—afirmó la señora de Santa Cruz avanzando más y poniendo la palma de la mano sobre el pupitre—. A ver, rico avariento, dé usted para la obra de Dios.

—¡Otra! Ya he dado unas vigas que valen cualquier cosa—replicó Manolo, mirando embelesado, tan pronto la cara de la mendicante como su mano de ángel, sonrosada y gordita.

—Eso no basta. Necesitamos acabar el piso principal, y...

—Eso... eso...—interrumpió Guillermina—. Pero no te dará ni una mota. ¿Sabes? Se va a hacer mormón, y necesita el dinero para tantísimas mujeres como tendrá que mantener.

—Poco a poco, señoras mías—observó el rico avariento, echándose sobre el respaldo del sillón—. La cosa varía de aspecto. ¡Jacinta metida a santa fundadora! ¡Qué compromiso! Ahora sí que no sé cómo salir del paso, porque ahora sí que me condeno de veras, si me obstino en la negativa. Porque no hay duda de que esta mano que pide, mano del Cielo es...

—Y tan del Cielo—indicó la propia Delfina sacudiendo la mano—. Decidirse pronto, caballero. Es la primera vez que ejerzo de santa. Si me echa la limosnita, usted me estrena.

—¿Sí?...—dijo él moviéndose en el sillón con gran desasosiego—. Pues doy, pues doy.