Guillermina empezó a dar palmadas, gritando: «Hosanna... ya le tenemos cogido». Y con vivacidad, semejante a la de una jovenzuela, echó mano a la llave que estaba puesta en uno de los cajones de la mesa.

—Eh... ¿qué libertades son estas?—gritó su sobrino sujetándole la mano.

—El talonario del Banco...—decía la rata eclesiástica, luchando por desasirse y por sofocar la risa—. Aquí, aquí lo tienes, perro hereje... sácalo pronto y pon cuatro números, cuatro letras y el garabato de tu firma. Jacinta, abre... sácalo... no tengas miedo.

—Orden, orden, señoras—arguyó Moreno a quien la risa cortaba la respiración—. Esto ya es un allanamiento, un escalo. Tengan calma, porque si no me veré en el caso de llamar a una pareja.

—¡El talonario, el talonario!—chillaba Jacinta, dando también palmadas.

—Paciencia, paciencia. No tengo aquí el talonario. Está abajo, en el escritorio. Luego...

—¡Bah!... ¡se está burlando de nosotras!...

—No, no—dijo Guillermina con ardor—, ya no puede volverse atrás.

—Yo no me voy ya sin la firma.—Más que la firma—manifestó Moreno muy serio, poniéndose la mano sobre aquel corazón que no valía ya dos cuartos—, vale mi palabra.

Estaba pálido, casi blanco, del color del papel en que escribía.