Los ojos de ella le envolvían en una mirada suave y cariñosa.

«¡Ah!, sí, el entierro del pobre Arnaiz... Dime una cosa, ¿me guardas rencor?».

La mirada se volvió húmeda.

—¿Yo?... ninguno.—¿A pesar de lo mal que me porté contigo?...

—Ya te lo perdoné.—¿Cuándo?—¡Cuándo! ¡Qué gracia! Pues el mismo día.

—Hace tiempo, nena negra, que me estoy acordando mucho de ti—dijo Santa Cruz con cariño que no parecía fingido, clavándole una mano en un muslo.

—¡Y yo!... Te vi en la calle Imperial... no, digo, soñé que te vi.

—Yo te vi en la calle de la Magdalena.

—¡Ah!, sí... la tienda de tubos; muchos tubos.

Aun con este lenguaje amistoso, no se rompió la reserva hasta que no salieron a la Ronda. Allí el aislamiento les invadía. El coche penetraba en el silencio y en la soledad, como un buque que avanza en alta mar.