—¡Tanto tiempo sin vernos!—exclamó Juan pasándole el brazo por la espalda.

—¡Tenía que ser, tenía que ser!—dijo ella inclinando su cabeza sobre el hombre de él—. Es mi destino.

—¡Qué guapa estás! ¡Cada día más hermosa!

—Para ti toda—afirmó ella, poniendo toda su alma en una frase.

—Para mí toda—dijo él, y las dos caras se estrujaron una contra otra—. Y no me la merezco, no me la merezco. Francamente, chica, no sé cómo me miras.

—Mi destino, hijo, mi destino. Y no me pesa, porque yo tengo acá mi idea, ¿sabes?

Santa Cruz no pensó en rogarle que explicara su idea. La suya era esta: «¡Pero qué hermosa estás! ¿Has hecho alguna picardía en el tiempo que ha pasado sin que nos veamos?».

—¿Picardías yo?... (extrañando mucho la pregunta).

—Quiero decir: después que volviste con tu marido, ¿no has tenido por ahí algún devaneo...?

—¡Yo!—exclamó ella con el acento de la dignidad ofendida—; ¡pero estás loco! Yo no tengo devaneos más que contigo...