—¿De cuánto tiempo puedes disponer?
—De todo el que tú quieras.
—Podrías tener un disgusto en tu casa.
—Es verdad... pero ¿y qué?
Y en el acto se acordó de las amonestaciones de Feijoo. Claro; no había necesidad de descomponerse, ni de faltar a la religión de las apariencias.
—Pues dispongo de una hora.—¿Y mañana?—¿Nos veremos mañana? No me engañes, pero no me engañes—dijo ella suplicante—. Estoy acostumbrada a tus papas...
—No, ahora no... ¿Me quieres?
—¡Qué pregunta!... Bien lo sabes tú, y por eso abusas. Yo soy muy tonta contigo; pero no lo puedo remediar. Aunque me pegaras, te querría siempre. ¡Qué burrada! Pero Dios me ha hecho así, ¿qué culpa tengo?
Tanta ingenuidad, ya conocida del incrédulo Delfín, era una de las cosas que más le encantaban en ella. Tiempo hacía que él notaba cierta sequedad en su alma, y ansiaba sumergirla en la frescura de aquel afecto primitivo y salvaje, pura esencia de los sentimientos del pueblo rudo.
—¿Me engañarás otra vez, farsantuelo? (clavándole a su vez los dedos en la rodilla).