—No claves tanto, hija, que duele. Y ahora gocemos del momento presente, sin pensar en lo que se hará o no se hará después. Eso depende de las circunstancias.
—¡Ah!, esas señoras circunstancias son las que me cargan a mí. Y yo digo: «¿Pero, Señor, para qué hay en el mundo circunstancias?». No debe haber más que quererse y a vivir.
—Tienes razón (abrazándola con nervioso frenesí y dándole la mar de besos). Quererse y a vivir. Eres el corazón más grande que existe.
Fortunata se acordó otra vez de su amigo y maestro Feijoo. El corazón grande era un mal y había que recortarlo.
—Reconozco—prosiguió el Delfín—, que vales mucho más que yo, como corazón; pero mucho más. Soy al lado tuyo muy poca cosa, nena negra. No sé qué tienes en esos condenados ojos. Te andan dentro de ellos todas las auroras de la gloria celestial y todas las llamas del Infierno... Quiéreme, aunque no me lo merezco.
—¡Me muero por ti! (tirándole suavemente de las barbas). Si no me quieres, te irás al Infierno... para que lo sepas; te irás conmigo... te llevaré yo, arrastrándote por estas barbas.
Risas. «¡Qué feliz soy, pero qué feliz soy hoy, Dios mío!—exclamó la joven, con semblante y ojos iluminados—. No me cambiaría por todos los ángeles y serafines que están brincando delante de su Divina Majestad en el Cielo; no me cambiaría, no me cambiaría».
—Ni yo... hace tiempo que yo necesitaba una alegría. Estaba triste, y decía: «A mí me falta algo; ¿pero qué es lo que me falta a mí?».
—Yo también estaba triste. Pero el corazón me está diciendo hace tiempo: «Tú volverás, tú volverás...». Y si una no volviera, ¿para qué es vivir? Vivir para que llegue un día así; lo demás es estarse muriendo siempre.
—Es tarde, y no quiero que te comprometas. Precaución, chica. No hagamos tonterías.