Volviendo a acordarse de Feijoo, repitió ella: «Lo principal es no hacer tonterías».
—Quedamos en que...—Mañana, a la hora que te venga mejor.
—Cochero, vuelva usted.—Déjame a la entrada de la calle de Valencia.
—Donde tú quieras.—Y pasado mañana también—dijo tras una pausa y con ansiedad la insensata mujer.
—Y al otro, y al otro... Pero no muerdas...
Miraba ella al porvenir, y su radiante felicidad se nublaba con la idea de que los días venideros desmintieran aquel en que estaba.
—Porque ahora no serás tan malito como antes. ¿Verdad, pillín mío?... ¿No serás, no, verdad, rico mío?
—Que no, que no... Vas a ver... Tú te convencerás...
—Júramelo... ¡Ah!, ¡qué tonta!, ¡como si los juramentos valieran! En fin, que ahora tomaré mis precauciones... Si mi idea se cumple...
—¿Y cuál es tu idea?, ¿qué idea es esa?