—No te lo quiero decir... Es una idea mía: si te la dijera, te parecería una barbaridad. No lo entenderías... ¿Pero qué te crees tú, que yo no tengo también mi talento?

—Lo que tú tienes, nena negra, es toda la sal de Dios (besándola con romanticismo).

—Pues eso... junto con la sal está la idea... Si mi idea se cumple... No te quiero decir más.

—Mañana me lo dirás.

—No, mañana tampoco... El año que viene.

Ya llegó el instante fiero...

Silvia de la despedida. Déjame aquí. Adiós, hijo de mi vida. Acuérdate de mí. ¡Que no fueran los minutos horas! Adiós... me muero por ti.

—Que no faltes. Y no te olvides del número.

—¿Qué me he de olvidar, hombre? Primero me olvidaré de mi nombre.

—A la una en punto. Adiós, negra salada.