—¡Hijo, por María Santísima!—exclamó doña Lupe consternada, a punto que entraba su sobrina.

—¿Pero ustedes creen que a mí se me puede ocultar el gusto del arsénico?...—dijo enteramente descompuesto, los ojos extraviados—. Y no son tontas; ponen poca dosis... un centigramo, para irme matando lentamente... Y apuesto a que ha sido Ballester el que les ha dado el ácido arsenioso... porque también él está contra mí... ¿Qué infierno es este, Dios mío?...

—Vamos, esto no se puede sufrir. ¡Decir que le hemos envenenado el chocolate...!

—¡Gusto a arsénico!... clavado... ¡pero tan clavado...!

Levantose en actitud de desesperación y volvió a la inquietud delirante de sus paseos...

«Tendré que dejarme morir de hambre... es horrible... Mi casa llena de enemigos. Las personas que más me querían antes, ahora desean mi muerte».

—¡Conque arsénico...!—dijo Fortunata tomándolo a broma, con esperanza de obtener así mejor efecto—. Para que veas que eres un simple y un majadero, voy a tomarme yo el chocolate.

Y en el acto empezó a tomarlo. Su marido la miraba atónito.

«A ver si espichamos de una vez... Él podrá tener veneno, pero bien rico está... ¿Te convences ahora?... Me tomaría otra jícara. No creas, me vendría bien que esto matara, porque así me iba pronto de este mundo, que maldita la gracia que tiene, con las jaquecas que me das y lo mucho que nos haces sufrir».

Doña Lupe, en tanto, trajo la cocinilla económica para hacer en presencia de Maxi otro chocolate. Aun así, fue preciso sostener una lucha penosa para que se decidiera a probarlo, pues insistía en que también aquel tenía gusto a arsénico... «Aunque no tanto, convengo en que no es tanto». Después, tomando tonos de transacción, les dijo: «Yo creo que todo ello es cosa de Papitos... porque ustedes no saben lo mala que es y la inquina que me tiene».