—Vamos, que es para pegarte—le contestó doña Lupe—. ¡Tomarla así con la pobre Papitos!... Mira, cuando te den manías, échame a mí toda la culpa. Yo sé desenvolverme y probar mi inocencia. Y ahora, ¿por qué no os vais los dos a dar un paseíto por el Retiro? Hasta las nueve no hace calor; la mañana está deliciosa.
Fortunata apoyó esta proposición, pero él no tenía ganas de salir. Continuaba en el sofá, apoyado el codo en la mesilla y la cabeza en la mano, mirando al suelo como si quisiera contar los juncos de la esterita que había junto al sofá. Las dos mujeres se miraban, comunicándose con los ojos malas impresiones.
«Eso—murmuró él de una manera torva y recelosa—. Quieren echarme a la calle, para...».
—Pero alma de Dios, si va ella contigo...
—¿Y a dónde me quiere llevar? Sabe Dios... Alguna trampa que me quieren armar. Si sólo fuera para asesinarme, pase; ¡pero si es para atentar al sagrado de mi honor...!
—Todo sea por Dios.—¿No sabe usted, tía, que hace tres meses...? la Correspondencia lo trajo... una mujer llevó a su marido al Retiro, y cuando iban por un paseo solitario salió el cómplice... sí, el cómplice, que estaba escondido tras unas matas, y entre ella y aquel tuno cogieron al pobre marido, le ataron de pies y manos y le arrojaron al estanque...
—¡Jesús, qué barbaridad! ¿De dónde has sacado esos desatinos?
—La Correspondencia no ha traído tal cosa—dijo Fortunata.
—Vamos, lo habrás soñado tú.
—Yo no lo he soñado—gritó él levantándose con golpe de resorte—. Es verdad; lo he leído en la Correspondencia... y... ¡También me llaman embustero! Yo no digo más que la verdad. Las embusteras son ustedes... ustedes, con esas conciencias cargadas de crímenes...