—Le dan dos duros por cada uno. Ya ve usted. Y hace cuatro todas las semanas.

—Buen pelo, buen pelo... Pero en fin, aunque mantenga a su madre y a su abuela y a toda su familia, y sea un excelente chico, yo le quiero dar esta broma inocente. ¿Me hará usted el favor que le pido?

—¿Cuál?—No le pido a usted que me dé un beso, porque si le pidiera ese pedazo de la gloria, usted no me lo daría, y si me lo diera, al instante me tendrían que poner en manos del amigo Ezquerdo... Pues mis aspiraciones se concretan hoy, querida amiga, a que usted, si está aquí cuando entre ese niño ilustrado, le ofrezca la yema que yo tengo dispuesta. Dándosela usted no sospechará... Además, usted le dirá a doña Casta o a Aurora que le inviten a subir para que oiga tocar la pieza...

—Quítese usted de ahí... Yo no me meto en esas intrigas. ¡Pobre muchacho! Me pongo de su parte. ¡Qué malo es usted!

—Más mala es usted... En pago de su infamia le voy a dar una buena noticia.

—¿A mí noticias?...—Y tan buena que le ha de saber a usted mejor que los dulces que le enviaré esta noche... ¡Ay!, me consuela una cosa, amiga mía; y es que si conmigo es usted ingrata, lo es también con otros. ¡Mal de muchos...!

—¿Qué está diciendo?

—Pues que bien le pasean a usted la calle... Y la niña sin parecer por ninguna parte. El niño rompía el pescuezo mirando para los balcones, y usted atormentándole con su ausencia. ¡Pobre señor!... toda la tarde calle arriba calle abajo...

Fortunata palideció, y con la mayor seriedad del mundo se dejó decir:

«¿Quién... y cuándo?...».