—Bueno, hombre, descuida; te registraremos en toda regla—replicó el médico sonriendo y sentándose junto a él—. ¿Te has cansado mucho?

—¿No me ves? También es gana de hacer preguntas. En cuanto almorcemos, me entrego a ti, como un cadáver de la sala de disección.

—Pues mejor es antes (sacando la trompetilla y tornillándola).

—Bueno, pues ya puedes empezar. (Quitándose la americana). ¿Me echo en la cama? Es mejor, sí; aquí me tienes como un muerto, con las manos cruzadas.

—No, extiende los brazos. Así...

El doctor abrió la camisa y aplicó un extremo de la trompeta, inclinándose para poner su oído en el otro. «No te muevas... Ahora, respira fuerte... da un suspiro, pero un suspiro grande, como los de los enamorados».

—Me parece que tú estás de guasa. Pepe, por Dios, mira que esto es serio, muy serio. Llevo más de diez noches sin pegar los ojos, y tu dichoso digital no me alivia nada.

—Cállate, y déjame oír...

—¿Qué notas?... ¿qué?

—Pero ten paciencia. Aguarda... Pues esto está muy malo. Hay aquí dentro un zipizape de mil demonios.