—¿Qué clase de ruido sientes? La sístole es demasiado fuerte y...

—Algo de eso.—El empuje de la corriente sanguínea...

—Sí; pero prevalece un síntoma muy perro, un síntoma...

—¿Cuál es?, dímelo. ¿Cómo se llama?

—Amor.—¡Vaya! Llamaré otro médico. Tú no me sirves... con tus guasitas de mal gusto. ¡Ni qué tendrá que ver...!

—¡Pues no ha de tener que ver!—dijo Moreno Rubio poniéndose serio y guardando su instrumento—.

No sé qué te figuras tú. ¿Quieres romper de un golpe la armonía del mundo espiritual con el mundo físico? Ya lo sabes; te lo he dicho mil veces. No necesito auscultarle más. Tienes desórdenes en la circulación, los cuales podrán ser muy graves si no cambias de vida.

—No parece sino que hago yo la vida del perdido (levantándose y volviéndose a poner su ropa).

—Haces la vida del caprichoso, que es peor. Te conviene una tranquilidad absoluta, renunciar a los deseos vehementes, a las cavilaciones que la no satisfacción de ellos te produce; viajar menos, ahogar todo apetito loco de los sentidos, renunciar a todos los excitantes malsanos; no me refiero solamente al café y al té, sino más principalmente a los excitantes imaginativos e ideales; huir de las emociones, y cortarte la coleta de banderillero, con intención de no dejártela crecer más; trazar una raya en tu vida y decir: «ni Cristo pasó de la Cruz, ni yo paso de aquí». Si tuvieras treinta o treinta y cinco años, te aconsejaría que te casaras; pero más vale que te hagas la cuenta de que por reciente providencia judicial... o divina, han desaparecido todas las mujeres que hay en el mundo, casadas, solteras y viudas...

—¡Bah!, ¡bah! Siempre la misma historia—dijo Moreno-Isla, tomándolo a broma—. ¿Pero tú eres un médico o un confesor?