—Las dos cosas—afirmó el otro con serenidad y energía—. Si no haces lo que te he dicho, Manolo, si no lo haces, te mueres, y pronto. De modo que ya sabes mi opinión. No vuelvas a consultarme. No sé más. He agotado mi ciencia contigo. Si hay algún colega que encuentre el medio de poner de acuerdo tus costumbres y tus pasiones con una ordenada y sana función vascular, llámalo, y entiéndete con él.

El criado anunció que el almuerzo estaba servido. «Vamos en seguida—dijo el enfermo, cogiendo a su primo por el brazo—. Espérate un poco, que te quiero consultar otra cosa».

Detuviéronse un instante en la habitación, y D. Manuel, poniéndole una cara muy seria, hizo a su primo esta pregunta: «Vamos a ver, sin guasa. En mi estado, sea bueno, sea malo, en mi estado presente, fíjate bien, tal como ahora estoy, ¿podría yo tener hijos?».

Moreno Rubio soltó la carcajada.

«Hombre, no digo que no. Podrías tener una escuela de párvulos».

—Quiero decir... pero respóndeme en serio... quiero decir, si tal como estoy, con la tubería descompuesta...

—Ya lo creo, por poder...—Eso te lo digo, porque después de eso, me decidiría a aceptar lo que propones, el retraimiento, cortar la coleta, etc...

—Mira, inocente, no te cuides de aumentar la especie. Mientras menos seres humanos nazcan, mejor. Para lo que vale esta vida...

—Creo lo mismo... pero a mí me gustaría tener la seguridad de que... Es un ejemplo, un por si acaso nada más. No creas que me parece mal tu plan de vida vegetativa. Yo lo adoptaría, sí señor; pero a su tiempo.

—Primo—le dijo el otro mirándole con socarronería—; si quieres hijos, haberlo pensado antes.