—No, tonto, si no es que yo los quiera; ni maldita la falta que me hacen a mí chiquillos. Si esto te lo pregunto hipotéticamente. Me basta con tener conciencia de mi aptitud... Curiosidades de enfermo...

—¿Que no vienen?—dijo, presentándose en la puerta, la hermana de Moreno-Isla.

—Vaya unas prisas. Ya vamos. ¡Para la gana que uno tiene...!

—Pero la tengo yo, canastos—dijo el médico.


-ii-

Por la tarde pidió Moreno su coche y estuvo haciendo visitas hasta las siete. Comió en casa de los de Santa Cruz, y estos lo notaron sombrío, padeciendo chocantes distracciones, y tan indiferente a todo, que ni siquiera tomaba con calor la defensa de sus principios y gustos extranjeros, cuando Barbarita, por combatirle la murria, sacaba a relucir algún tema de entretenida polémica sobre este punto. Algo dijo, sin embargo, que animó la desmayada conversación de aquella noche. «¿Saben ustedes cuál es una de las cosas que me cargan más en España? La costumbre que tienen las criadas de ponerse a cantar cuando trabajan. Parecía natural que en mi casa me viera yo libre de este tormento. Pues no señor. Tiene mi tía Guillermina una criadita cuya boca vale por dos murgas. No vale mandarla callar. Obedece durante diez minutos, y de repente vuelve otra vez con el señor alcalde mayor. Dice que se olvida, Creánmelo ustedes. Le rompería la cabeza».

—¡Y me quieres hacer creer que en el extranjero...! Pero Manolo...

—¡Ah!, no, señora... esté usted segura de que si en Londres una criada se permitiera cantar, pronto la pondrían de patitas en la calle. Es que ni se les ocurre tal disparate.

—Lo creo; tan sosas son.—Es que esta pícara raza, que no conoce el valor del tiempo, tampoco conoce el del silencio. No podrá usted meterle en la cabeza a esta gente la idea de que la persona que se pone a pegar gritos cuando yo escribo, o cuando pienso, o cuando duermo, me roba. Es una falta de civilización como otra cualquiera. Apoderarse del silencio ajeno es como quitarle a uno una moneda del bolsillo.