Estas cosas hacían gracia, y aquella noche las rieron más, para animarle. Invitado por Juan a ir al Teatro Real, lo rehusó. Había en la casa muy poca gente, Guillermina en su rincón, D. Valeriano Ruiz Ochoa y Barbarita II. Barbarita I había concebido el loco proyecto de casar a Moreno con esta sobrina suya, que era muy mona, y comunicado el pensamiento a Jacinta, esta lo encontró de lo más insensato que se le podría ocurrir a nadie. «¡Pero mamá, si mi hermana no tiene más que dieciocho años, y Moreno anda ya cerca de los cincuenta, y además está enfermo!».

—Cierto que hay diferencia de edades—decía la señora riendo—, pero es un gran partido. Ándate con repulgos y verás cómo le cae a tu hermana un subteniente, un oficial de la clase de quintos u otra lotería semejante. Este hombre es un buenazo muy rico, y eso que padece no es sino aburrimiento, mal de soltería, lo que los ingleses llaman esplín. Cásale, y se le quitan diez años de encima.

Jacinta no se convencía, y en cuanto a la enfermedad, su opinión era muy distinta de la de su suegra. Aquella noche le cogió por su cuenta para echarle un buen réspice. Estaban en el despacho apartados de los dos grupos de tresillistas (D. Baldomero, Ruiz Ochoa, su señora, Pepe Samaniego y otros). Barbarita II y su hermana tenían delante a Moreno, que en los primeros momentos de aquella situación, decía de dientes para adentro: «Creo que si no estuviera presente la polla, le diría algo. Me enfada esta niña con su inocencia y su cara bonita. Parece que se la pone al lado como un escudo contra mí... Es fatalidad esta; las pocas veces que la cojo sola, no adelanto nada. Si le digo cualquier reticencia delicada, se hace la tonta. Evita el encontrarse sola conmigo, y ahora trae siempre a rastras al espantajo angelical de su hermana para asustarme».

—Pero qué callado está usted...—observó Jacinta sonriendo—. ¿Qué?, ¿se siente usted peor? Dice mamá, que si usted se casa se le quitarán diez años de encima. Conque, decidirse...

La fisonomía del misántropo se iluminó al oír esta peregrina receta.

«También yo lo creo—dijo—. Vea usted; un remedio que parece tan fácil, es imposible».

—Justo; como se ha concluido el género femenino... Tiene usted razón, ya no hay mujeres.

—Para mí como si no las hubiera... ¿Qué le dije a usted ayer? Ya no se acuerda. Si ya se sabe: cosa que yo le diga a usted es como si la escribiera en el agua.

—De veras que se me ha olvidado. ¿Te acuerdas tú, Bárbara?

—No, si Bárbara no estaba presente.