—No importa. Todo lo que usted me dice a mí, al instante voy a contárselo a mi hermana.
—Sí, es usted muy cuentera. ¿Y por qué se lo cuenta usted a su hermana?
—Porque le hace gracia. Moreno no pudo disimular la profunda tristeza que se apoderaba de él.
«¿Pero qué tiene usted?... Esta noche le encuentro más esplinado que nunca».
—¿No nos contaba ayer que dejó tres novias en Londres?—apuntó Barbarita, que gustaba de buscarle la lengua.
—Sí; pero a esas no las quiero—replicó Moreno con la ingenuidad de un niño. Y luego, revolcándose en aquella tristeza contra la cual nada podía su dominio de hombre de sociedad, se espetó otro monólogo—: Ya estoy entrando en el periodo pueril... La tontería y la incapacidad me invaden... Esta mujer con su frialdad y su ironía me ha puesto el pie sobre la cabeza y me la ha aplastado, como la Virgen la de la serpiente... Ya empiezo a estar ridículo...
—¿Por qué no le repite usted esta noche a mi hermana lo que le dijo la semana pasada?—dijo Barbarita II al melancólico caballero.
—¿Yo... que...? (asustado, como quien despierta de un sueño). Yo... no le he dicho nada.
—Sí, la semana pasada, cuando fuimos a la Casa de Campo, y se puso usted a contar el cuento de aquella inglesona que le quiso pegar un tiro porque le dijo no sé qué, en un tren.
—No me acuerdo—dijo el misántropo con todas las apariencias de un estúpido.