—Creo que Dios te toca en el corazón—dijo la dama guiñando los ojos, y poniendo sobre la cabeza del triste caballero su mano derecha, en la cual tenía el libro de misa y el rosario—. No tienes tú cara de bromas. Alguna procesión muy grande te anda por dentro. Y si otras veces te da la vena por decirme herejías y hacerme rabiar, no creas que te he tenido por malo. Eres un bendito; y si vivieras siempre con nosotras y no te pasaras la vida entre protestantes y ateos, tú serías otro.
—¿Pero no sabes que me voy mañana?
—¿Te vas?, ¿de veras?—con vivo desconsuelo—.
Mal negocio. Buscando siempre la frialdad; huyendo siempre del calor de la familia.
—No, si aquí es donde no me quieren—manifestó Moreno con aire sombrío.
—¿Que no te queremos? Vaya con lo que sales... Tontín, no digas disparates.
—Mi vida está completamente truncada y rota. No hay manera de soldarla ya... Cree que si me quisieran yo me quedaría aquí, yo sería bueno, y por darte gusto a ti y a tus amigas, me haría muy religioso, muy amigo de Dios y de la Virgen; emplearía todo mi dinero en obras de caridad, protegería la devoción...
El asombro de la santa era tan grande, que no lo podía expresar. Abría la boca, maravillada, cual si presenciara un milagro.
«Pero de veras que tú... Mira, hijo, si quieres que yo crea en ese estado de tu espíritu, es preciso que me lo pruebes...».
—¿Cómo he de probártelo?