—Vamos a ver—dijo la virgen y fundadora, con resolución—. ¿A que no haces una cosa?

—¿A que sí la hago?—¿A que no te vienes conmigo a San Ginés?

—A que sí. Levantose para tirar de la campanilla.

«Necesito verlo para creerlo—dijo Guillermina, echando de sus ojos chispazos de alegría—. Deja, yo llamaré a Tomás. El pobre chico no se habrá levantado todavía».

—Creo que sí... ¡Tom!...

—Yo te haré el té... Vamos, vete vistiendo.

Aquella salida matinal le agradaba, porque rompía las tediosas rutinas de su existencia.

«Vaya que si voy a la iglesia... (disponiéndose con actividad febril). Y oiré todas las misas que quieras, y rezaré contigo... Dime, ¿no va Jacinta a esta hora a San Ginés?».

—Hombre, tan temprano no. Un poco más tarde que yo, suele ir Bárbara.

—Pues me alegro de que seamos nosotros los primeros, los más madrugadores, los más impacientes por cumplir y santificarnos... ¡Tom!