—Sí... Se enfadó tanto, que concluimos mal. ¡Ay, qué pena tengo! Porque si es calumnia, figúrate, ¡qué barbaridad ir con esa historia!

—Calumnia no—dijo la de Fenelón, atendiendo más a su corte—. Podrá ser equivocación.

¿Quién demonios sabe lo que pasa en el interior de la mona? Que el difunto Moreno andaba loco por ella, no tiene duda. Falta saber, por ejemplo, si ella le correspondía o no.

—Tú me dijiste que sí, y que tenían citas...

—Sí; pero te lo dije como una suposición nada más—replicó la astuta mujer con cierto despego, como si deseara mudar de conversación—. Tú te precipitaste al llevarle ese cuento. Se habrá volado. Hay que tener tacto, amiga mía, y no herir el amor propio de los hombres. Ya debías suponer que le sabría mal.

—¿Y tú qué crees?, hablando ahora como si estuviéramos delante de un confesor. ¿Tú qué crees?, ¿es, como quien dice, ángel o qué?

Aurora dejó las tijeras, y se clavó en el pecho la aguja enhebrada. Después de calcular su respuesta, la soltó en esta forma:

«Pues hablando con verdad, y sin asegurar nada terminantemente, te diré que la tengo por virtuosa. Si mi primo hubiera vivido, no sé a dónde habrían llegado las cosas. Él hacía el trovador de la manera más infantil del mundo. ¡Quién lo diría...!, ¡un hombre tan corrido!... Ella... no sé... creo que se reía de él... Y bien merecido le estaba, por pillo. Quizás le miraba con alguna simpatía... pero lo que es citas, amiga mía, me parece que no las hubo, digo, me parece; y si algo de esto dije, fue como un tal vez, y me vuelvo atrás».

Tornó a su faena dejando a la otra en la mayor confusión.

«Y en último resultado—le dijo después—, ¿a ti qué más te da que sea honrada o deje de serlo? Lo que te importa es que él te quiera a ti más que a ella».