—¡Oh!, no...—exclamó Fortunata con toda su alma—, es que si no fuera honrada esa mujer, a mí me parecería que no hay honradez en el mundo y que cada cual puede hacer lo que le da la gana... Paréceme que se rompe todo lo que la ata a una; no sé si me explico; y que ya lo mismo da blanco que negro. Créetelo; esa duda no se me va de la cabeza a ninguna hora; siempre estoy pensando en lo mismo, y tan pronto me alegro de que sea mala como de que no lo sea. ¡Ah!, no sabes tú lo que yo cavilo al cabo del día. Las cosas que me pasan a mí no tienen nombre.

—Pues para que te tranquilices de una vez—dijo la otra sin mirarla—. Tenla por honrada, y cuando hables de esto con él, hazle entender que lo crees así, y no aspires a que él te dé su respeto; conténtate con el amor.

—Quítate de ahí, mujer—saltó Fortunata muy nerviosa—. Si esto se acaba... ¡Si me está faltando ese perro! Si en quince días no le he visto más que dos veces. Siempre llega tarde, y como de mala gana. ¡Oh!, yo le conozco bien las mañas: me le sé de memoria. Nada, que quiere echarme al agua otra vez, lo veo, lo estoy viendo. Hoy se lo dije claro, y no me contestó nada.

—Entonces tenemos a la mona del Cielo de enhorabuena.

—¡Ah!, no... Me parece que ahora la veleta marca para otro lado. Me está faltando con alguna que ni su mujer ni yo conocemos. Más claro, a las dos nos está dando el plantón hache, y yo estoy que no sé lo que me pasa, más muerta que viva... llena de rabia, llena de celos. No he de parar hasta cogerle, y de veras te digo que si le cojo, y si cojo a la otra, me pierdo. Yo vengaré a la mona del Cielo, y me vengaré a mí. No quisiera morirme sin este gusto.

—Dime una cosa... ¿Te has fijado en determinada mujer?—le preguntó su amiga mirándola de hito en hito.

—No sé; esta noche se me ocurrió si será Sofía la Ferrolana, o la Peri, o Antonia, esa que estaba con Villalonga.

—Es natural, piensas en las que conoces. ¿Qué me das, querida mía, si te lo averiguo? Al decir esto, Aurora abandonó todo trabajo y se puso delante de su amiga en la actitud más complaciente.

«¿Que qué te doy? Lo que tú quieras. Todo lo que tengo... Te lo agradeceré eternamente».

—Bueno; pues déjame a mí, que como yo coja el cabo del hilo, hemos de llegar a la otra punta. Verás por qué lo digo; en mi taller hay una chiquilla, muy graciosa por cierto, que me parece, me parece...