El iluminado fue hacia su mujer, cogiéndola por un brazo. Tal temor sentía ella, que hasta se encontró con fuerzas inferiores a las de su marido, que era tan débil. «Moñuca mía—le dijo apretándole el brazo con nerviosa energía, y mirándola con una expresión en que la desdichada veía confundidos al amante y al asesino—. Nos liberaremos, por medio de una sangría suelta, desde que hayas cumplido tu misión. ¿Cuándo será? Allá por Febrero o Marzo».

—Debe ser por Marzo—pensó Fortunata—; pero para ti estaba... Ya me pondré yo en salvo. Mátate tú, si quieres, que yo tengo que vivir para criarlo, ¡y voy a ser tan feliz con él...! Va a ser el consuelo de mi vida. Para eso lo tengo, y para eso me lo ha dado Dios... ¿Ves cómo me salí con mi idea?... Mi hijo es una nueva vida para mí. Y entonces no habrá quien me tosa... ¡Oh!, si no lo sintiera aquí dentro, yo y tú seríamos iguales, tan loco el uno como el otro, y entonces sí que debíamos matarnos.

Oíase el run run de las despedidas de doña Silvia y Rufinita en el pasillo. A poco entró la de Jáuregui, y viéndola su sobrino, se volvió al sofá, dejando a su mujer en pie en medio del cuarto.

«¿Qué tal?—dijo doña Lupe—. ¿Hay sueño? Son las once».

—Ha venido usted a turbar nuestra felicidad—replicó Maxi sentado, y moviendo las piernas en el aire—. Mi elegida y yo deseamos estar solos, enteramente solos. Los misterios inefables que a ella y a mí...

—¿Pero qué volteretas son esas que das? (no sabiendo si reír o ponerse seria). Pareces un saltimbanquis.

—Que a ella y a mí se nos han revelado... los misterios inefables, digo... nos llevan a un éxtasis delicioso, de que no pueden participar las personas vulgares.

—¡Llamarme a mí persona vulgar!...

—La vulgaridad consiste en estar muy apegada a los bienes terrenos... es decir, en hacerle mimos a la bestia.

—¿Pero qué?, ¿también vas a dar vueltas de carnero?—dijo asustada doña Lupe, viéndole apoyar las manos en el sofá y doblar luego la cabeza hasta tocar con ella la gutapercha.