—Lo que yo dé, a usted no le importa, mujer de poca fe... La noche está fría y necesito que las extremidades entren en calor. Dentro del cráneo me han encendido un hornillo.
—¿Ve usted... ve usted...?—indicó Fortunata, no recatándose de decirlo en alta voz—. El efecto de esas condenadas píldoras. Creo que no deben dársele más. Ya ve usted cómo se pone: se le trastorna más el cerebro y adivina los secretos.
—¿Cómo que adivina los secretos...? Pero, niño, ¿qué haces?
Rubín se sentaba y se levantaba, dando botes en el asiento, como un jinete que monta a la inglesa.
«Allá por Marzo será el gran suceso, la admiración del mundo—gruñía el infeliz, dando vueltas sobre sí mismo—. Lo anunciará una estrella que ha de aparecer por Occidente, y los Cielos y la tierra resonarán con himnos de alegría».
—¿Pero qué estás diciendo? Vamos, hijo de mi alma, estate tranquilo.
—Lo que yo quisiera saber ahora es dónde está mi sombrero—dijo él, mirando debajo de la mesa y del sofá.
—¿Y para qué quieres el sombrero?
—Quiero salir, tengo que ir a la calle. Pero lo mismo da salir con la cabeza descubierta. Hace un calor horrible.
—Sí, vámonos al Retiro. Fortunata, coge la vela; y tú por delante.