—Estoy tan seguro de lo que afirmo, que no puede ser más.

—Tú me engañas, tú me engañas—replicó la joven en actitud de Dolorosa—. Tú me quieres matar, y en vez de pegarme un tiro, me vienes con esta historia.

—Si lo tomas como golpe de muerte, tómalo—manifestó Rubín con implacable frialdad.

—¡Aurora... Aurora!... ¡Dios mío!, ¡qué idea tan perra...! (agitándose extraordinariamente). Pero no puede ser. Este hombre está loco y no sabe lo que se dice.

—¿Que estoy loco?... (imperturbable). Bueno, defiéndete con eso. Pero tú caerás, tú te convencerás. No tienes escape. La verdad se impone. Ahí tienes un tiro que no yerra nunca. ¿Quieres más señas? Cuando Aurora sale de su obrador, él la espera en la calle de Santo Tomás y van juntos hacia el Ave-María. Los domingos, Aurora dice en su casa que va al obrador, y a donde va es a...

—Cállate; te digo que te calles—gritó Fortunata retorciéndose los brazos—. Eres un mentiroso, un calumniador.

—¿Pues qué querías tú...? (con sonrisa glacial). Hija, es preciso estar a las agrias y a las maduras. ¿Qué querías? ¿Herir y que no te hirieran? ¿Matar y que no te mataran? El mundo es así. Hoy tiras tú la estocada, y mañana eres tú quien la recibe... ¿Dudas todavía?

La víctima no dijo nada. No dudaba, no; lo denunciado por aquel hombre, que a veces parecía demente, a veces no, revestía las apariencias de un hecho cierto. Algo tenía la infeliz joven en su cabeza que se lo confirmaba, inundándola de luz. Recordó frases y actos, ató cabos, y... nada, que era verdad, como hay Dios. El infeliz chico estaría todo lo enfermo que se quisiera suponer; pero lo que decía, verdad era.

«¿Lo dudas todavía?» volvió a preguntar él.

—No sé, no sé... ¿Y si te has equivocado?... (con extremada inquietud y ráfagas de ira). No sé qué pensar... Maxi, Maxi, si me hubieras dado un tiro, me habrías matado menos. Te juro que si es verdad, esa mujer, esa hipócrita, esa sinvergüenza que me vendía amistad, no se ha de reír de mí. Te juro que le pateo el alma más pronto que lo digo (revolcándose en el lecho). Esto no puede quedar así. La mato, le saco los ojos, le arranco el corazón... Que me traigan mi ropa. Tío, chiquilla; quiero levantarme. ¡Pero qué abandonada me tienen!